Tercer día de obras
Cuando me levanté ayer a las cinco y media de la mañana al sonar el despertador que tenía que despejar a mis padres para que se fueran de viaje un mes, me supuse que estos días iban a ser durillos. Total, había llegado el día anterior por la noche y las cinco horas que había dormido me sabían a poco, pero pensé: Ché, yo esta tarde me pego una siesta de campeonato y después relax total con mi portátil sobre las rodillas encima de la cama… y a mirar blogs.
¡JA!
Como dije ayer, lo primero que tuve que hacer fue esperar a los operarios. Bueno, no sé cómo se les llama. Obreros, o algo. Primero llegaron los dos que me tienen que tirar todo, es decir, desmontar los muebles, etc. Un poco más tarde tenía que llegar el carpintero metálico para ver qué hacíamos con unos cristales que había allí abajo.
Bien, llegaron a eso de las ocho. Claro, yo ya llevaba desde las 6.30 en pie porque entre el despertador y la pesadilla que tuve (que venía la policía a casa y no dejaban irse a mis padres de viaje) tenía un despeje impresionante. Así que nada, habla con los obreros por aquí, habla con el cristalero por allá. Bien, cojo a uno de los obreros que se ha esperado a que mis padres se fueran para darse cuenta de que le faltan mil y un materiales y corre Brontë a llevártelo en coche a las diferentes ferreterías que hay por Castelldefels y Gavà a esas horas abiertas para que el señor compre lo que necesita. Lo último, un capazo grande, no lo encuentra, así que Brontë lo deja en casa con la promesa de comprárselo a media mañana y llevárselo para allá.
