Soy guay
Si hay un tipo de gente a la que no aguanto es a la “gente guay”. Sabéis de qué tipo de gente hablo, ¿no? Esas personas que sienten la necesidad de hacerse notar allá donde van. De ese tipo de gente que no sabe comportarse en público y cuya educación brilla por su ausencia la gran mayoría de las veces.
Supongo que me caen mal y me gusta “clavarles puñales” porque son mi antítesis en cuanto a caracteres se refiere. Imagino que será porque desde pequeña me han enseñado que no hay que ir alardeando de lo que tienes o de lo que eres, sino ser una persona amable y educada sin querer imponerte nunca por encima de nadie, lo estés o no en el ámbito que sea. Nunca me reí de ningún niño ni dejé a nadie en ridículo, no porque no pudiera hacerlo, sino porque siempre me pareció algo vil y ruin. Y hoy en día sigo pensando igual. A menos que se merezcan recibir de su propia medicina.
Ayer me encontré en una de esas situaciones en las que mi buena educación hizo que me mordiera la lengua una y dos veces. Para empezar, ya he decidido que la Fresita me cae mal: es una de esas personas que son guays. Para que os hagais una idea de a lo que me refiero, os explico el episodio de ayer.
