Quien esté libre de pecado…
El otro día se nos caía la cara de vergüenza al ver al capullo skin ese maltratar a una menor. El tema ya parece increíble cuando ese chico la maltrataba solo por el hecho de no tener rasgos europeos y que, por lo tanto, la “delata” como inmigrante. Una vergüenza, porque ningún maltrato ni ataque está justificado, pero cuando se trata de racismo, la cosa es aun más deleznable si cabe, y la cosa cambia.
Cambia porque nos hace pensar en nuestra sociedad y en el problema que subyace en ella. Ahora pensemos. ¿Realmente hay alguien que esté libre de pecado? Yo creo que no.
Cuando era pequeña tenía una profesora de piano que, a parte de ser una artista con las manos, era una excelente cocinera y jardinera. Yo tendría unos seis años cuando, no recuerdo muy bien por qué, salió el tema del racismo. Estábamos en su casa, delante del piano, cuando me preguntó si yo era racista. Como toda la vida había ido al colegio con niños de todo tipo de nacionalidades le contesté, medio ofendida (ya ves tú, con seis añitos…) que no lo era. Entonces me puso un ejemplo: “Imagínate que estás en un ascensor con uno de tus vestidos nuevos y relucientes y en uno de los pisos entra un gitano sucio que puede manchar tu vestido. ¿Sigues pensando que no eres racista?” Claro, en ese momento, como os podéis imaginar, me quedé callada porque no supe qué contestar. Cuando llegué a mi casa, me imaginé la situación y pensé que no quería que nadie me manchara mi vestido nuevo, y que me daba igual si el que iba sucio fuera un gitano, un payo o un alemán. A mí lo que no me gustaba en ese aspecto era la pobreza y la suciedad, no la nacionalidad. Al cabo de los años, y con un poquito más de experiencia y sobretodo de vocabulario, descubrí que el problema no era la nacionalidad, sino la clase social. Es decir, en mi mente pasé de sentirme una racista a sentirme una clasista.
